miércoles, 24 de agosto de 2011

Cartas a mi Madre. II - Perdido en Bolivia.

14-8-11, Algún lugar bien pinche alto de Bolivia.

Madre:

Esta mañana nos levantamos a las 4:30 am para continuar el viaje a tráves de la altiplanicie Boliviana. El frío es carajo por acá Madre, me alegro de tener mi chamarra a la mano. Para ayudar al calor corporal tomamos té de coca en cada oportunidad. La luna se veía maravillosa esta mañana y el cielo de aca revelaba tantas estrellas que me dolió el cuello de verlas. El camino sigue siendo accidentadisímo.

La altiplanicie es solitaria, pareciera que somos los unicos en verla, no hay ninguna otra alma cercana que yo pueda ver y el silencio predomina a donde sea que vamos. A excepción de una caravana de indigenas que cruzan el valle a pie y en burro, no hemos topado con nadie mas.

A mas o menos las 6:30 am el sol se empezó a asomar por entre las cordilleras. Cruzamos mas de 5 rios y la mayoria de ellos estaban congelados. el sol me dejó ver como las ruedas de la camioneta cuarteaba el hielo de los rios mientras pasabamos al otro lado.

Llegamos a 5000 metros de altura y al casi inexistente camino lo rodeaba la nieve. El mal de altura ya se deja notar con mis muñecas inflamadas y algo de dolor de cabeza. Aunque es tolerable, persiste siempre su latente presencia. Creo que mañana masticaremos algo de Coca, puesto que la altitud sigue cambiante.

Los paisajes parecen de otro mundo, Mamá. Algunos se asemejan a las pinturas de Dalí. Creo que la otra constante, ademas del cambio, es lo surreal. Hoy ha sido un dia largo y extenuante, pero muy bonito. La ruta nos da siempre demasiadas satisfacciones. Esta noche la pasaremos en una comunidad indigena de la región. Es un edificio rustico, sencillo y muy básico. El agua escasea puesto que las tuberias se congelan durante la noche. Pero debo decir, Madre, que lo que nos rodea en el paisaje es algo que no he visto jamás. Montañas verdosas, marrones y nevadas. Las nubes en el horizonte paresieran ser parte de la pradera.

Desde luego tomo tantas fotos como me es posible, ya te las compartiré pronto.

Dios te béndiga, te extraño mucho.

Beso Boliviano,

Emmanuel.

16-8-11 Salinas, Oruro. Bolivia.

Madre:

Disculpa que no te escribí ayer, puesto que descendimos de la altiplanicie el mal de altura le pegó un tanto duro a mis compañeras. Debo decir que hasta cierto punto me sentí responsable y con pendiente. Hice todo lo posible y agoté cada recurso que tuve en mis manos. Cantarón Oaxaca, como diriamos en México, sin cansancio. La fiebre y el vomito les pegó como si fuera penitencia. Gracias a Dios hoy las cosas pintan mejor y aparte de la jaqueca, yo no siento ninguna molestia.

Hoy comenzamos el dia viendo el amanecer en el salar de Uyuni- Para esto es importante decirte que la pasamos en un albergue completamente hecho de sal. La primera ducha disponible desde que iniciamos la expedición fué ahi. Una sola regadera para todos los nómadas, en una tierra tan inhospita como esta, debe considerarse un lujo.

El salar tiene un silencio ensordecedor, no se oye ni el viento. Todo es blanco. Es un lugar extremadamente surreal, no tengo palabras para describirlo. Antes de llegar a Salinas, de donde te escribo, hemos hecho escala en Coquesa, una aldeíta a las faldas del volcán Tulupa y a las orillas del salar. Creo que en esta pequeña aldea tuve un momento de claridad, me atrevo a decir. Un francés desconocido se preparaba en el patío del pueblo (digo patío, por que el pueblo es tan chico que mas que plaza parece patío) para subir el volcán. Su mochila, Madre, estaba repleta de parches e insignias de los lugares donde había estado. Su rostro, detrás de la poblada barba que cargaba, tenía una expresión de libertad interior.

Me quedé pensando.

Detrás de mi se encontraba el inmenso salar y al frente, detrás del francés, el volcán. Estaba yo en medio de algo majestuoso. El tiempo se congeló de nuevo y perdió su lineal naturaleza por un instante. Todo cobró sentido por un minusculo momento. La realización de mis nomádicos impulsos me arrodillaron humildemente ante el mágnifico reto de ser libre. Me sentí de nuevo afortunado y bendecido, satisfecho.

Creo que en ese instante comprendí que para hacer de la vida un milagro digno de vivir hace falta el reconocimiento de las distancias entre lo que uno sueña y lo que uno logra. Y cuando lo que uno logra supera lo que uno sueña, no hay distancia que sea tan grande, ni segundo que sea tan largo.

Te escribo pronto,

Emmanuel.

P.D.: ¡Me están saliendo Alas Amá!

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