13/8/2011 San Martin de Lipez, Bolivia.
Madre mia:
Hace ya unas cuantas horas que nos adentramos en el lado desertico de Bolivia. Debo decir que me gusta esto de adentrarme en las amarillas praderas Bolivianas y recorrer algunos esporadicos pastos verde-amarillentos. Me gusta también tener el sol en la cara y el sabor a polvo silvestre en el paladar.
A donde me llega la mirada solo veo montaña tras montaña, los caminos son de tierra y jamas rectos ni planos. Señalamientos no hay. Nos movemos siempre lentamente. Hoy ví un paisaje impresionante, me atreví a pararme en una roca que sobresalía la montaña. Debajo quedaban solo unas dunas rojizas, interminables. El horizonte conservaba la misma infinidad de cerros y montañas, las mas verdes que he visto jamas. Aquél paisaje no tenia sonido mas que el del viento suspirando sus secretos en mis oidos.
Me senté en la roca, Madre, y me sentí mas quieto que nunca. Quieto y minúsculo. Humilde. El tiempo parecía haberse detenido, como si Dios me hubiera dado la bendición de una eternidad efimera y pasajera. En la distancia un cóndor sobrevolaba con libertad el paisaje. Aquél momento fue perfecto madre.
Lllegamos despues de mucho ajetreo a San Martin de Lipez, pasaremos la noche aquí. En una casa de adobe que estoy seguro de encantaria. Me recordó al rancho de mi tía Flora. La unica compañia aquí, ademas de mis compañeros viajeros, es una llama negra y malcriada que parece meterse a donde puede. Ya nos robó el té, bizcochos y hasta papel debaño. A cada minuto se oye la cocinera, Doña Modesta, salir corriendo gritando "Llama chu" o algo así. ¡Se oye un escandalo mamá! Escobazos, y pisadas del animal y entre todo el embrollo las risas de todos los que me rodean.
Que bendición la de estar aqui, lejos de todo lo que estorba. Con solo lo necesario. Dos pantalones, zapatos, el cielo y tu recuerdo Madre.
Te extraño Chaparra,
Emmanuel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario